Aunque
todas las campañas políticas se diseñan para vender esperanza, hay unas que van
más allá, venden también humo de colores, cuidadosamente empacado, como los
culebreros de antaño, capaces de venderle a su incauta clientela cajitas de
lata con un menjurje oloroso que curaba el reumatismo, el dolor de muelas, la
falta de plata y las penas de amor, todo al tiempo, por solo 500 pesitos. O por
un votico, como ahora.
Para
hacer más dramática e impactante la presentación, el culebrero siempre tenía un
secretario y, obvio, una culebra, que sacaba de su escondite en el momento
preciso para asustar más a su distinguida clientela, ya aterrada con las
calamidades apocalípticas que solo su mágica pomada podía evitar. Ahí es cuando
entraba en escena el secretario, gorra en mano, con la misión, además de
contribuir al ruidaje y la narración de supuestos milagros, de no dejar escapar
a nadie sin la maravillosa pomada, un secreto celosamente guardado por los
indígenas amazónicos, según decía, que solo a él le fue entregado, con la única
condición de hacerle el bien a la humanidad sin esperar nada a cambio. Toda
contribución es voluntaria, pero recuerden que Dios premia la generosidad y
castiga la tacañería. Eso si, ni se le ocurra usar de la otra pomada,
porque con solo destaparla le caen las siete plagas, el carranchil, la
impotencia, la mala suerte y la pobreza. Y recuerde, querido amigo, que cuando
la pobreza entra por la puerta el amor huye por la ventana. Secretario, atiéndame
al señor, a la señora, a la niña… quien dijo yo, una por aquí, otra por
allá…
Así
funciona la campaña de Peñalosa: vendiendo soluciones mágicas e irrealizables
para curar los dolores sociales, solo que en lugar de cajitas con pomada vende
videos de muñequitos en los que se él presenta como salvador de la especie
humana, o de los bogotanos, al menos de los que cometieron la burrada de
untarse de la otra pomada. Tiene
un secretario que despacha desde Nueva York, otro par en Bogotá, y varias culebras
que saca del costal según la ocasión y el cliente. Y, como el culebrero, es
experto en camuflar sus verdaderas intenciones. Recuperar a Bogotá es su
objetivo prioritario. Lo que no dice es que se trata de recuperar las grandes
obras de infraestructura, que son un negocio billonario; no pueden quedar en
manos de gente que no sabe nada de urbanismo ni de gerencia. El que sabe es él,
el único, por eso lo llaman a cada rato de Paris, Washington, Londres o New
York.
Va
a descontaminar, dice, el río Bogotá y a construir unos bordes y un malecón, de
cemento, claro, de 100 kilómetros, que va desde Soacha hasta Chía, donde los
ciudadanos se encuentren y puedan caminar tomados de las manos, sin la
presencia de los asquerosos vendedores ambulantes que tanto afean el paisaje,
como en Paris, Washington, Londres o New York, o sea… Y lo mejor: tanta
belleza, como la pomada del culebrero, también es mágica y gratis, o casi: el
proyecto se financiará solo, porque se van a utilizar tierras que hoy tienen
poco valor. Hoy. Y también tienen dueños con ganas de encarecerlas, aunque
asegura que el incremento del precio, porque van a ser tierras muy valiosas,
será para el gobierno, que es donde están los caciques de las finanzas y la
gente con acceso a información privilegiada, la tribu financiera que lo nombró
depositario de los grandes secretos de su pomada, que no ahorrará esfuerzos ni
encuestas para ponerlo ahí, donde lo necesitan. Mosquera y sus tierras están en
la mira.
El
metro elevado, ese adefesio ruidoso y carísimo que obstruye la vista y no
permitía la paz y el amor entre los bogotanos, de la noche a la mañana resultó
siendo la solución ideal. Ahora son los pasajeros, no sé cuántos por
hora/sentido, los que van a disfrutar de una vista maravillosa, con mucha gente
sonriente, como en Paris, Washington, Londres o New York, pero solo en caso de
que se utilice la pomada que él vende.
Promete
una ciudad tranquila, sin ruido ni contaminación, que se mueva en transporte
público y bicicleta, es decir, el infeliz poseedor de un carro, aunque sea su
medio de subsistencia, se va a ver sometido a una cacería tan implacable o peor
que la desatada durante su alcaldía y que lo tuvo al borde de la revocatoria.
El genio urbanista no cayó en cuenta de que al prohibir la circulación de
vehículos sin darle a los automovilistas la opción de un transporte público
digno, eficiente y a un precio razonable, se iba a duplicar el número de carros
y multiplicar muchas veces el de motos, con su secuela de accidentalidad e
inmovilidad. Pero, como sucedió con la pomada del relleno fluido, el único que
pagó fue el secretario. Él no toma decisiones técnicas. Que tal?
El
espacio público, el de todos, también se va a recuperar, ¡que asco esos
vendedores ambulantes! no importa si le toca, otra vez, sacarlos a patadas,
aunque la única opción que tienen para alimentar a su familia sea vender
mercancías en las aceras. Que se dediquen a otra cosa, donde no se vean. A
robar o a prostituirse, por ejemplo, porque para él la ciudad está antes que
los ciudadanos. La apariencia antes que la gente. La basura debajo de la
alfombra para que nos parezcamos a Paris, Washington, Londres o New York.
Vote
por quien quiera, amigo lector, pero si va a hacerlo por Peñalosa, piense por
un momento si la cajita de colores que le vende tiene la solución que usted, su
familia y esta ciudad necesitan. Si la invitación a soñar juntos no terminará
en pesadilla. Si un videíto de los de Alicia en el país de las maravillas es
suficiente para darle su voto. No crea en encuestas prefabricadas. Entérese de
las propuestas, revise antecedentes y vote por quien su razón le indique, pero
sin dejarse manipular. Y no olvide que gane quien gane, el lunes tendrá que
madrugar a trabajar, si es que tiene empleo.
Fernando
Márquez

Estupendo! un buen retrato del candidato y sus estrategias. Despues de oir los debates no me queda duda de que así es.
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